
Quema, arde, palpita, duele. Las marcas en la yema de los dedos son cicatrices que también se esconden.
Nadie habla del fuego rojo. Nadie quiere saber qué ocurre tras las llamas.
Cuando una historia encierra no una enseñanza sino un misterio, una revelación, un tesoro (oscuro tal vez, necesario)… uno no puede pasar por ella como si tal cosa. Es la historia la que lo atraviesa a uno. Es la historia la que ilumina, enciende (como un fuego) zonas oscuras, apagadas y escondidas, temores, anhelos.
“El fuego rojo” es un milagro. El milagro de poner palabras a lo que no puede ser nombrado. El milagro de encender y de entender (solo va una letra) lo profundo, lo que se vislumbra cuando uno se asoma a lo hondo. El milagro de aliviar el peso que nos aplasta, el silencio de lo que -por terrible- no encuentra palabras. El milagro de la brisa sobre las heridas más profundas.
“El fuego rojo” es una oración, una plegaria, un ruego, un grito, una llamada. “El fuego rojo” grita en silencio.
Como dicen sus editores es un libro que “A través de una poderora metáfora, Un fuego rojo es capaz de hablar de algo tan emocionalmente complejo como un secreto: la angustia, el miedo, la soledad, los intentos de confesión y la necesidad de alivio.”
El poder de la metáfora estalla, revienta, se expande… arde y se ilumina con las ilustraciones de Paloma Corral que dibujan el contorno de las palabras de Begoña Oro, dándoles cuerpo, textura, brillo, luz. Azul, rojo, negro, gris. No hace falta más para sumergirnos en el universo de Prita y sus hijos, Ketli y Kup.
“El fuego rojo” no es solo un libro infantil. O mejor dicho es EXACTAMENTE un buen libro infantil, uno que TAMBIÉN pueden leer los niños y niñas, uno que está escrito para ser mirado, escuchado, sentido, vivido por ojos adultos y miradas infantiles, uno que llena de preguntas y de ternura el corazón, uno que da la única respuesta posible al miedo: la belleza.