Pepe Trivez

Una (pequeña) lección de pedagogía

In a mano alzada, de escuela, opiniones, personal on noviembre 26, 2019 at 4:15 pm

El trabajo en una Biblioteca Escolar tiene momentos inolvidables que iluminan no solo el trabajo sino la vida de cualquier docente. Hoy en la sala de silencio he podido disfrutar de una “lección de pedagogía”. Kuki, una profe y maestra ha invadido la sala mientras sus alumnos de Historia de Primero de Bachillerato leían en la sala contigua… Ha ido llamando a sus alumnos uno a uno para comentar los resultados de la primera evaluación. Nada que no haya visto o escuchado antes. Sin embargo, he tenido la oportunidad de ser testigo de cómo la “relación” con los alumnos, el análisis riguroso, la empatía, la hondura y la profesionalidad pueden dar luz y sentido al proceso de enseñanza aprendizaje… He sido testigo de una (pequeña gran) lección de pedagogía.

Lo escribo para no olvidarme. Lo escribo para aprender y para recordar lo aprendido.

He visto como una profesora de Historia… hacía todo esto:

Preguntar. (y ESCUCHAR). Dejar que los alumnos lleguen a sus propias conclusiones, que señalen sus errores y hagan una valoración de su esfuerzo. Ayudarles a hacerse conscientes de sus límites y, sobre todo, de sus posibilidades.

Analizar. Con rigor, con cariño, con ternura y vigor… Señalar los errores sin regodearse en ellos, destacar los aciertos con entusiasmo. Ser exigente y cariñosa al mismo tiempo. Pedirles rigor, claridad, buen comportamiento, implicación…

Animar. A cada uno en aquello que se intuye que flojea, a cada cual según su forma de ser… Sonriendo al huraño y poniéndose seria ante el superficial… Haciendo del momento de la evaluación un momento para aprender, para tomar fuerzas, para re-armarse.

Acompañar. En el (apasionante) proceso de aprender. Acompañar con delicadeza. Sugerir sin forzar (¿te ayudaría llevar un cuaderno? ¿y si usas un bolígrafo más fino para que la letra sea más clara?). Re-leer el trabajo realizado y ayudar a comprender lo vivido.

Acordar. Arrancar compromisos, provocarlos de forma natural, dejar que sean ellos los que se marquen objetivos, sean ambiciosos y se hagan propuestas y propósitos de mejora.

Proyectar. Lanzar hacia el futuro las (buenas) intenciones y los deseos de sus alumnos. Proponer medidas, cambios… marcar el camino, servir de brújula, orientar.

y CONFIAR. Al final y a todos y a cada uno de sus alumnos -sean cuales sean sus resultados- la misma frase: “…confío en las personas, en su capacidad para mejorar, para progresar, para hacer mejor las cosas… CONFÍO EN TI, y estoy deseando ver hasta dónde puedes llegar…”.

Memoria Inesperada. De Víctor Juan

In ¿POR QUÉ LEER...?, de escuela, Estoy leyendo... on noviembre 2, 2019 at 3:23 pm

Una herencia inesperada se transformará en memoria, en homenaje, en recuerdo… en construcción de sentido.

Carmen Pardo, hija y nieta. Heredera y custodio de una historia familiar encerrada en una vieja caja de vino escondida -o preservada- en el doble fondo de un armario.

Un puñado de cartas, un diario, postales y viejas fotografías forman las piezas de un puzzle que tiene más de una solución, más de una mirada, más de una cara. Un ajuste de cuentas con el pasado apasionado y amoroso, honesto y militante, fiero y optimista. Todo esto y más es Memoria Inesperada.

La historia De Santiago Pardo, un maestro de la República depurado por el franquismo, iluminará el presente de su nieta, abrirá puertas cerradas, ofrecerá explicaciones y dará esperanza a un futuro confuso y a veces tan gris como el pasado colectivo de aquellos años de silencio.

Con la ayuda de un profesor, un maestro con el mismo nombre de aquel otro que abrió los ojos a un joven Federico, con la ayuda y guía de un maestro pues… Carmen aprenderá sobre el pasado y sobre el presente y sobre la extraña luz que proyectan las sombras de los que antes que nosotros creyeron…

Como buen libro de memoria(s) la novela de Víctor Juan es un mosaico, un batiburrillo, una tienda de ultramarinos de siglos pasados, un cajón de sastre, una caja llena de recuerdos, recortes y promesas.

Hay en ella declaraciones de amor (a la vida, al mismísimo amor, a la ciudad, a la educación), de intenciones (de ganas de cambiar el mundo, de nostalgia de transformaciones que no llegaron, de resiliencia, de resistencia), declaraciones honestas y honradas, directas, inevitables… como el amor a una ciudad pequeña (o grande, según se mire, o desde dónde): “En Zaragoza se hizo militante de la vida. En esta vieja ciudad aprendió algunas de las cosas que daban sentido a su existencia. La amistad, el sentimiento de pertenencia a un paisaje, la luz de los amaneceres de sus primeras noches en vela, los bares, las bibliotecas, los parques, los restaurantes, los cines, los rincones de los primeros besos, el camino a la universidad, las calles por las que se manifestó por mil causas perdidas, la soledad de los paseos, el cierzo inclemente que muerde en las esquinas, el sol abrasador de los veranos…Zaragoza era su memoria, su horizonte y su condena”. La “cartografía personal” de la protagonista (y del autor, creo) que nos transporta a una GEOGRAFÍA de los AFECTOS en la que por momentos se transforma la novela. Un paisaje poblado de (buenos) vinos, y de cervezas, y de té de frutos rojos, y de pastel de jengibre de ElBotanico, y de bares… y de amigos.

Los amigos del presente y del pasado. Los que habitan la memoria de un pueblo y sobre todo nuestra memoria, la personal e intransferible.

Los amigos de hoy: Antón Castro, Pepe Melero, Víctor Juan, Miguel Mena, Rodolfo Notivol… Y los de ayer: Ramón Acín, Bartolomé Cossío, Jose Antonio Labordeta, Silvio Rodríguez, León Felipe, Pilar Escribano, Palmira Plá, María Sánchez Arbós… Y con ellos… el amor, la ética, la dignidad, la MEMORIA (siempre), la amistad… todo envuelto en PALABRAS. Palabras que unen y salvan… “las palabras que nos protegen, que nos acunan, las palabras en las que nos abandonamos, las palabras reparadoras…”. Y más aún que palabras -hechos, palabras que son hechos-: Deseos cumplidos, ilusiones vividas, apuestas aceptadas (perdidas o ganadas).

Apuesta como la que nos reta en la novela. Revisar el pasado sin rencores, sin revancha, sin miradas cortas y envenenadas. Pero con justicia, con dignidad, con arrojo y claridad, con la mirada limpia del que elige la VIDA pero respeta la MEMORIA. Como Fernando Ríos, profesor del pasado y siempre aprendiz del presente, del amor… “Fernando prefería vivir a recordar (…) aunque ya podía imaginarla, prefería mirarla, del mismo modo que prefería besarla a la memoria de sus besos…”.

Porque en la historia paralela, historia espejo, historia reflejo, en la historia de Fernando y Carmen caben todas las reflexiones, todas las emociones, todas las reparaciones que nuestro pasado reciente nos solicita.

Porque hay que ser valiente para mirar hacia atrás y asumir la pérdida: de los seres queridos y de las ilusiones, de lo que pudo haber sido y de lo que se truncó por el odio y la mediocridad, de lo que fueron promesas y de lo que nos quedó por vivir. Asumir la pérdida sin renunciar a su legado, a su herencia, a su memoria. Porque hay que ser valiente para “vaciar una casa ajena” (y mucho más la propia)… “Hurgar en los cajones de otro, en las estanterías, revisar los papeles, contemplar algunas fotografías, invadir el territorio que le pertenece a otra persona nos puede llevar a descubrir algo que no deberíamos saber o que simplemente no podemos entender…”.

Un apunte final, uno muy personal.

Hacer protagonista a un maestro -da igual que dé clases en la universidad, nadie es perfecto- nos regala una imagen diferente, real, envuelta en la pasión, la ilusión y los envites de la vida que son, al cabo, la materia de la literatura. No podía ser de otro modo en una novela de maestros. Porque este es el género literario de Memoria Inesperada… una “novela de maestros”.

Y además… Memoria Inesperada es un inesperado regalo. El regalo de la MEMORIA DIGNA de los silenciados, el regalo de una mirada restauradora del pasado y apasionada del presente.

Un libro que encierra más que una enseñanza… una intención, una promesa, un compromiso y un sueño. El que firma el 13 de enero del 33 Santiago Pardo. El que firma Víctor Juan con esta novela y el que firmó yo mismo con su lectura: “Trabajar por la educación en Aragón. Formar ciudadanos en este tiempo nuevo. Esta es la gran responsabilidad que gozosamente asumo”.

El infinito en un junco. Una invitación a la lectura y al amor (a los libros), y no solo.

In ¿POR QUÉ LEER...?, DLD, Estoy leyendo... on octubre 18, 2019 at 5:39 pm

¿Qué decir cuando Luis A. de Cuenca o Antón Castro ya han glosado los temas, la trama, la materia y el alma de este “libro de libros”?

Acercarse y abrir las páginas de El infinito en un junco no es hacer una “lectura”. Es una experiencia de esas que transforman, que dan forma a las propias ideas atravesando prejuicios, ignorancia y clichés.

La Biblioteca de Alejandría, la Villa de los Papiros, las pasadizos de almacenaje de libros en el señorial Oxford, la orgullosa Atenas, las primeras librerías públicas… son los escenarios por los que discurre este inclasificable libro que a través de calzadas, trochas, desvíos, excursos, encrucijadas y márgenes… re-construye la historia del LIBRO en nuestra civilización.

Una historia del libro en el mundo antiguo reza parte del subtítulo de este híbrido: una historia del libro, de las bibliotecas, de la lectura y de la escritura, una historia de la educación y de la pedagogía, una historia de amor al cabo, de amor al libro, a la palabra, a la literatura y el conocimiento.

Y también un ejercicio de memoria. En el sentido etimológico más latino de la palabra: re-cordar (re-cordis), volver a pasar por el corazón: lo aprendido, lo vivido, lo reflexionado, con pausa y hondura y lo intuido, con lucidez y atrevimiento.

Anécdotas engarzadas con intuiciones hondas y reflexiones de largo alcance. Como en el título de uno de sus capítulos la autora se convierte en “tejedora de historias”, en artesana de las palabras y del relato, conectando lo antiguo y lo nuevo, revelando nuevas conexiones, estableciendo lazos, colocando espejos, provocando reflejos y luces, relámpagos y hogueras que ofrecen una nueva “lectura” de los acontecimientos. Su propia lectura del mundo marcada para siempre por un profundo conocimiento e inmersión (literal, casi física) en el mundo antiguo constituye el material esencial de este ensayo libérrimo, irreverente e irreductible (como los famosos galos).

La obra recoge una documentada investigación acerca de la aparición del libro en nuestra cultura, de su importancia, de sus vicisitudes, de sus avatares y vaivenes. También de su importancia, de su presencia y relevancia en los momentos determinantes de la Historia Universal, que es también nuestra historia.

Pero también contiene: hallazgos felices, filológicos y agudos como: “la tolerancia tiene conjugación irregular: yo me indigno, tú eres susceptible, él es dogmático…”; Curiosidades como quién y cómo inventó el bolígrafo, cuándo se apareció el género “gore” (mucho antes de lo que imaginamos), en qué personaje histórico se inspiró Indiana Jones, historias de “libros asesinos”… Historias deliciosas y una mirada tierna y crítica a un tiempo, como en la explicación acerca del cliché macilento y amargado de la bibliotecaria alentado por el cine y la literatura tantas veces. Un conocimiento enciclopédico, anecdótico y digresivo a veces, minucioso y científico en otros fragmentos… Un conocimiento que uno no se cansa de contemplar, sorprendido y estimulado, sintiendo como despierta la curiosidad, las ganas de saber, la necesidad de comprender que se ha ido adormeciendo desde la infancia.

Irene Vallejo, humilde y contundente, de lengua afilada y amable presta su voz a los poetas más reconocidos y más anónimos de la Antigüedad y de la historia de la literatura. Homero, Marcial, Joyce, Heródoto, Safo, Frankl, Tolstoi, Eco, Tito Livio, Goethe o Séneca… Sulpicia, Safo, María de Zayas, Dickinson y las “casi borradas”: Corina, Telesila, Mirtis, Praxila, Eumetis, Beo, Erina, Nóside, Mero, Ánite, Mosquina, Hédila, Filina, Melino, Cecilia Trebula, Julia Balbila, Damo Teosebia… Todas ellas se encarnan, se hacen carne, en las palabras de Irene que las recuerda, las sitúa, las ilumina, les devuelve el foco que nunca les debió ser apartado…

En definitiva El infinito en un junco no es una disertación o un monólogo sino una larga conversación… que uno desearía que no acabara nunca. Es más la historia íntima de lo infinito (la infinita curiosidad, el infinito misterio, las infinitas preguntas, el infinito amor por las palabras, la infinita capacidad de transformación de los libros…) que la de pergaminos, papiros, cálamos y juncos.

MARIA M.MIGUEZ

Observaciones del Arte y la Literatura

Estremeceme

La droga que tú consumes coloca corazones en su sitio

Protocolarte

Comunicación, educación y protocolo...sin pausa pero sin prisa

ENTRE LA SOLEDAD Y EL APLAUSO... ESCRIBO

Soy un reflejo de mis historias, si no escribiera sería una sombra de mi misma

cuadernosdetodo

El blog de Paula Figols

La invitació a la lectura

Pàgina personal de Jaume Centelles

Live to Write - Write to Live

We live to write and write to live ... professional writers talk about the craft and business of writing

Blogging for a Good Book

A suggestion a day from the Williamsburg Regional Library

The Librarian Who Doesn't Say Shhh!

Opening books to open minds.

De satélites, paradojas y otras historias

O de cómo me convertí en una mezcla entre el Sputnik y la paradoja del mentiroso. Sin más pedantería de la necesaria. Poco relevante.