Pepe Trivez

“Te amordido un perro” y “De nadadores y piscinas” de Manuel Moranta.

In ¿POR QUÉ LEER...?, Estoy leyendo... on agosto 9, 2020 at 7:02 pm

A medio camino entre el microrrelato y el haiku. Llevando el arte del aforismo al límite del juego, el divertimento, la reflexión profunda o el comentario leve. Haciendo de la ocurrencia (lo que se me ocurre, lo que ocurre) una invitación a (re)mirar, (re)sentir, (re) pensar, rememorar (traer a la memoria) y recordar (traer al corazón). La propuesta de Manuel Moranta no encaja en ningún género literario, no va dirigida a ninguna franja de edad, no tiene intenciones ocultas y no trata de abrirse paso a la fuerza. Es simplemente eso: una propuesta. Un libro de poemas relatados o de relatos hechos poesía. Un libro de dibujos que “ilustran” ideas (¿un álbum ilustrado?), un diccionario de mensajes arrojados al mar en una botella.

Los dos libros de “poemas visuales” o de “dibujofrases” (como las denomina el propio autor) que la editorial Trampa ha publicado con tanto cariño y cuidado (aquí la edición forma parte de la obra desde el tacto a viejo papel de carta y el diseño inmaculado de las sobrecubiertas hasta el color intenso de las guardas -rojo pasión y azul piscina- y el trazo limpio, desnudo de la caligrafía de Manuel) se descubren como un ejercicio, como un trabajo profundo (a lo hondo y a lo ancho) de selección, ordenación, construcción de sentido de un montón de ideas que parecen aparecerse a borbotones, por sorpresa o a traición.

Cada libro es a su vez, un relato.

Y el epílogo (del primero) y el prólogo (del segundo) firmados por Juan Sebastián Rodríguez Moranta son en sí mismos dos piezas de incalculable valor a medio camino entre la exégesis y la recreación del universo poético de Manuel. Sin ellos nos falta información (de la que podríamos prescindir). Con ellos ganamos los matices que esconden los hechos que inspiran, provocan, prenden estos libros.

Te amo.

Reza la sobrecubierta de su primer libro. Una afirmación tajante, rotunda, definitiva, absoluta. Y al volver la esquina -o la página-… Te amordido un perro. La anécdota, el acontecimiento, el hilo del que tirar para tejer un relato hecho de cristalitos de colores.

Un perro mordió al autor en las nalgas mientras corría (el autor y el perro hasta alcanzarle). Y la historia sirve para colocar en los cajones del ingenio las más disparatadas ocurrencias, las más hermosas reflexiones, las más sencillas palabras… animadas: MOTIVO, EXPLORACIÓN, DIAGNÓSTICO, TRATAMIENTO, ALTA… Como el mismo autor cuenta “el paciente se recuperó de la mordedura de perro y se puso a escribir y a dibujar. En ese orden”.

Y vuelta a la edición. A la caligrafía infantil y cuidada (a lo Gaite) de los dibujofrases se ofrece a pie de página, discretamente, la traducción a tres idiomas más: inglés, francés, catalán. Amplificando la idea, comparando términos, reproduciendo como una serie de espejos consecutivos la luz de las palabras.

El libro podría pasar por un Manual (cómo no acordarse del Oráculo manual y arte de prudencia del caústico Gracián), un libro de instrucciones para la vida en el que faltan pasos y sobran tornillos. Cada dibujofrase: una idea luminosa, una chispa, un chispazo. También podría pasar por un proyecto de filosofía visual para niños -y no tan niño- (también me recuerda al singular proyecto de Ellen Duthie y Daniela Martagón, Wonder Ponder) Igual que su título tienen algo de juego infantil… te amo, te amor, te amord, te amordido un perro (mi hijo de 9 años lo repite como una cantinela en cuanto descubre el secreto de la sobrecubierta). Como dice el epilogista (esta palabra merece un dibujofrase) “la palabra necesita del dibujo para completar su función comunicativa”. Y ahí aparece el trazo, la combinación de la pincelada y el boceto con la fina ironía, la observación, la disección de la realidad. Pone el autor bajo el microscopio de su mirada poética las emociones, las contradicciones, las paradojas: las casualidades y las causalidades. Construye un universo alternativo que, al tiempo, es el nuestro y nos envuelve.

Hace de lo cotidiano maravilla, convierte la anécdota en categoría. Habla de lo pequeño con inmensa ternura. En sus palabras: “Nadie nos ha enseñado a hablar de lo insignificante”. Así que hay que aprender a trompicones, a rayones y a manchas dejando que este libro y la vida sea una “plantilla para escribir torcido”.

De nada(dores y piscinas)

El prólogo (una vez más de Juan Sebastián Rodríguez) es ya una fantasía. Imaginar a lector desnudo a punto de zambullirse en una piscina. Detener el tiempo justo en el instante en que la nariz del lector va a sumergirse en el agua. Y cumple a la perfección su función y sus promesas. Una ducha fría que templa el ánimo para asomarse a los dibujofrases que rebosan en las aguas de esta piscinalibro. Revelar la sorpresa sin destripar la historia. Anunciar la presencia de lo importante. Hacer historia. El pró-logo. La palabra antes de la palabra. La palabra antes de los dibujofrases. De nuevo, el contexto. Los padres del autor construyeron una piscina junto a una casa. Un montón de niños juegan alrededor. Y Manuel encuentra ideas, objetos, pensamientos…

De nada… recuerda a la multipremiada La casa de Paco Roca. CONSTRUIR, LLENAR, AGUA, LLENAR UN POCO MENOS, REPARAR, VACIAR. Desde la factura de construcción de la piscina a fotos antiguas que recogen las risas y los destrozos del tiempo en torno a ella. Y en medio de juegos de palabras, observaciones agudas, reflexiones ingeniosas… nos ofrece escondida la infancia del autor, el territorio mágico en el que (todos) nos construimos.

“Se ofrecen servicios de mudanza de lo literal a la metáfora”

Y comienza de nuevo… mirando y escuchando (soy todo ojos, soy todo oídos). Un pequeña autobiografía. La casa es… la vida es… Juegos infantiles, recuerdos.

Y, al igual que en su anterior libro, fruto de la intención o de la voluntad del autor o del editor… Los dibujos toan color, el azul, del mar, de la piscina.

No sabría decir cuál es el tema (los temas) que flotan en la piscina de este libro. Tal vez la inocencia, la pérdida de la inocencia o tal vez lo importante que se esconde en lo cotidiano: “Decir la verdad no me interesa”.

Haciendo un uso/abuso del juego fácil y de la metáfora obvia… diría que los dibujofrases de Moranta son una invitación a “tirarse a la piscina”. Con dos manguitos en los brazos para flotar con el cielo en los ojos: el amor y el humor. Ingenio. Introspección y extrapección. Sumergirse bajo las aguas para ver mejor y sacar a la superficie lo escondido. Un ejercicio de habilidad, de brillantez intelectual, de sencillez en el que “para gritar solo hace falta apretar el pincel”.

Porque aunque -intuyo- no pretende hacer poesía y mucho menos definirla o atraparla…

Porque aunque -intuyo- no pretende tampoco dar lecciones (creo que ya ha quedado claro que el libro es muchas cosas pero no es pretencioso)…

Lo hace con la caricia del pincel mojado en pintura sobre la piel de papel.

Y así uno acaba con ganas de escribir, con caligrafía infantil y cuidada, que el sentido último, la razón de ser de las palabras, el lenguaje, los dibujofrases o la poesía es “abrazarse por escrito”

La versión de Eric. De Nando López. Premio Gran Angular 2020

In ¿POR QUÉ LEER...?, LIJ, RECOMENDACIÓN LIJ on mayo 24, 2020 at 8:15 pm

Un joven entra en una comisaría de madrugada para inculparse de un crimen. Eric tiene 20 años y ha triunfado como actor en la última serie de éxito. Todo amenaza con derrumbarse a su alrededor con esta decisión pero él permanece tranquilo. Mientras a su alrededor, su representante, la  policía y una mediática abogada tratan de ordenar y dar sentido a los acontecimientos en su interior Eric nos va contando (se va contando) su versión. Los momentos, las razones, las casualidades, los hechos que le han llevado hasta esta madrugada en la que su vida parece acabarse. O tal vez, recomenzar. 

Eric es un joven trans. También ha sido y es un niño (joven ahora) con altas capacidades. Su biografía, sus recuerdos, las ausencias y las heridas, las decisiones y sus consecuencias han estado inevitablemente unidas a quien es. 

Y sin embargo, esta no es una novela sobre la identidad. O mejor no lo es sobre el tópico, el cliché, la reducción de las personas trans a su “proceso de cambio”: el morbo y la compasión paternalista a partes iguales, la tolerancia (cómo si hubiera algo que tolerar). No es una novela para “explicar” nada, ni para “justificar” nada. 

Más bien es una novela sobre la necesidad de “poner nombre” de “ponerse nombre”. La fuerza de las palabras, su poder transformador, conformador de la realidad. La necesidad de encontrar “el verdadero nombre de las cosas”, esfuerzo que no cambia la realidad pero sí la hace asumible, abarcable, asimilable. 

De toda historia hay diferentes versiones. La realidad es caleidoscópica y la mirada que la observa transforma lo ocurrido, lo vivido, lo sentido. Por eso en esta novela los personajes viven su propia evolución, la aceptación (o no) de su pasado, el dolor, el rencor, el miedo… de maneras diferentes. Cada una, única e intransferible. Como todo lo auténtico. 

Los personajes de Nando son siempre auténticos: personajes “encarnados”. Son algo (mucho) más que una construcción necesaria para el relato. Son seres autónomos que van dando forma a su propia voz a la largo de novela. Personajes inspirados, habitados, por historias reales en las que el dolor y la luz, la euforia y la pasión, la irrefrenable, la arrolladora fuerza de la vida se impone siempre, con honestidad, sin trampas.

La novela es un thriller. Un thriller juvenil intimista (la denominación es del propio Nando). Y por eso nos atrapa, nos lleva y nos trae, nos envuelve en un vertiginoso recorrido que incluye (más bien se constituye de) saltos al pasado necesarios porque el pasado nos explica, nos construye, nos hace ser lo que somos. La narración mantiene en todo momento la tensión necesaria. Es rápida e intensa. Se acelera por momentos mientras mantiene ocultas algunas claves necesarias para entender lo ocurrido. Juega con el tiempo. Un tiempo que se alarga en la espera de una sala de espera en comisaría, que se precipita en el instante justo de un accidente, un arrebato, un impulso. Y además encara otros temas como el éxito, el triunfo y el fracaso. La banalidad de las relaciones y su hondura. La necesidad de afecto. El sentido de amistad. La aceptación y el rechazo. La diferencia y el acoso. La venganza. No elude siquiera (porque forma parte de la trama y porque forma parte de la realidad adolescente) la sensación de vacío, el sinsentido de la vida, el impulso de dejarse ir y quitarse la vida. Todo ello contado desde las entrañas. A frases cortas y contundentes. Erráticas a veces. Sinceras siempre. Todo ello contado desde la mirada de un joven que trata de hacer lo correcto, de asumir sus actos, su pasado y, sobre todo, de encajar cada pieza y seguir viviendo.

Seguiré aplaudiendo

In a mano alzada, opiniones, personal on mayo 18, 2020 at 9:15 am

El domingo salimos por última vez a los balcones a aplaudir. Marcos, Asun y yo. Los tres. Durante 50 días hemos detenido las tareas, los juegos, las series, el trabajo, la lectura… cada día a las 19:58 para salir y homenajear a los que tanto tanto han dado en estos tiempos difíciles. Arancha, mi cuñada, ha sido un ángel en la UCI para muchos cuando todos nos sentíamos encogidos por el miedo. Y por eso, cada día, sin falta, aplaudíamos en silencio.

Y ahora que todos nos “des-confinamos”, que andamos de “des-escalada”, que poco a poco nos disolvemos de nuevo en el interior de nuestras casas… quiero hacer un voto solemne, una promesa a mí mismo, un propósito, una declaración de intenciones, un contrato vinculante: Yo, seguiré aplaudiendo.

Seguiré aplaudiendo a los sanitarios que lo han dado todo, sin esconderse, sin reblar, sin ponerse de perfil. Seguiré aplaudiendo a los que, conscientes del peligro más que nadie probablemente, se enfrentaban largas jornadas sin condiciones al desconcierto, al miedo, a la improvisación. A los que han contenido esta pandemia y a los que siguen haciéndole frente, en silencio, sin hacer ruido.

Seguiré aplaudiendo a todos los que han sacado lo mejor de sí mismos en momentos duros, ásperos. A los que en lugar de encerrarse en su cómoda intimidad han salido a los balcones, a las redes, a la “plaza pública”… para compartir su arte, su música, sus recursos, su esperanza. 

Seguiré aplaudiendo a los que han sido capaces de aplazar la crítica y han arrimado el hombro. A los que aun sabiendo que no todo es perfecto han hecho “lo mejor posible” en cada gesto, incluso en el más sencillo. A los que se quedaron en casa. Y a los que no lo hicieron para atender a los demás, para cuidar, para proteger.

Seguiré aplaudiendo a los que han afrontado el reto, día a día. A los políticos honestos que han procurado adoptar las medidas necesarias. A los funcionarios, técnicos, científicos que han puesto su saber (y su ignorancia) al servicio del bien común, exponiéndose a la crítica, a veces salvaje e irracional, asumiendo responsabilidades.

Seguiré aplaudiendo a todos los que querido ver lo bueno, a todos los que han tratado de ver en el desastre una oportunidad, a los que siguen luchando (y lo seguirán haciendo) porque de la crisis salgamos más fuertes, más conscientes, más solidarios, más humanos, mejores. Sin que nadie quede atrás. 

A partir del lunes, aunque no salga al balcón con mi familia, yo… seguiré aplaudiendo.

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