Pepe Trivez

“La chica pájaro” de Sandy Stark-Mcginnis

In ¿POR QUÉ LEER...?, RECOMENDACIÓN LIJ on marzo 3, 2020 at 2:53 pm

Alguien le dijo a Sandy Stark… “Creo que deberías escribir para lectores de entre ocho y doce años”. No le hizo mucho caso (ella dice que sí) porque lo que escribió fue una bellísima y dolorosa, lacerante y dulce metáfora de la adolescencia… Una edad SINGULAR.

La chica pájaro es una historia SINGULAR. Una niña a punto de abandonar la niñez sueña con convertirse en pájaro. Abandonada por su madre cuando apenas era un bebé siente que de sus cicatrices brotarán alas que le llevarán lejos, libre.

December (así se llama la niña, el último mes, el último instante de la infancia, tal vez) salta de los árboles para ver si así nacen sus alas. Extiende los brazos y salta al vacío. Se ha roto algún hueso, torcido algún tobillo, se ha magullado, arañado, herido.

December quiere volar. Espera a que vuelvan a crecer sus alas mientras va de casa en casa de acogida tratando de no encariñarse demasiado porque ella sabe que su destino es echar a volar.

December es una niña de 11 años con una cicatriz y muchos silencios. Con un secreto. Y un deseo.

Se publican cientos de miles de libros “para” niños y jóvenes cada año.. Se publican millones de libros en todos los idiomas cada año. Las editoriales (las buenas editoriales) se han convertido en cazatalentos que aguzan el oído y la vista para encontrar historias que “encajen” con su línea editorial, con sus objetivos, con sus principios (sean estos económicos, sociales, críticos… o no).

Blackiebooks encuentra siempre títulos que parecen necesarios, imprescindibles (todos somos contigentes, pero tú… Berlanga dixit).

Me pregunto muchas veces cuando leo (LEO como experiencia, como aventura, como acto de rebeldía y transformación, LEO como necesidad y como expresión de mi libertad, LEO exponiéndome a que la lectura me impacte, me conmocione, altere mi perspecpectiva y me cuestione)… Me pregunto muchas veces -decía- cuando leo de esta manera, cómo hacer para que mis alumnos aprendan a leer de una manera parecida. De la misma no, de la suya. Pero con la suficiente apertura, con la capacidad de sorpresa y empatía necesaria para que historias como estas sean realmente todo lo que pueden ser.

La chica pájaro es un obús, una carga de profundidad, un misil que estalla en el centro mismo de nuestra forma de relacionarnos con niños y adolescentes.

“No creo que los niños sean malos solo porque sí. La mayoría de ellos tiene un motivo. No sé si el motivo de Jenny es bueno o malo; lo único que sé es que no me cae bien”.

El personaje de December es inquietante, complejo, misterioso, mágico. Es soñadora, fuerte, inteligente y fiera: valiente (como un cuervo). Pero Eleanor es una MAESTRA, una MADRE, un modelo y una inspiración. Ambas han sufrido y esconden y acarician sus cicatrices. Ambas han hecho del dolor una parte de sus vidas. Ambas guardan silencio y en el silencio, esperan.

Eleanor es una madre de acogida. La última para December. Acoger, respetar, esperar… intentarlo de nuevo… Eleanor es la educadora (im)perfecta que sabe (por intuición) que solo una mezcla de ternura y vigor será capaz de ayudar a December a abrir sus alas. Eleanor se equivoca, llega tarde a recoger a December al colegio, pierde su casa, se re-inventa. Pero Eleanor también pide disculpas, muestra su fragilidad (no como un chantaje sino como una ofrenda, un acto de fe), se preocupa, se compromete, ama… y sufre.

“-Si no quieres, no lo pruebes. -Eleanor se levanta con su cuenco, va a los fogones y se sirve más sopa-. A mí me gustaría que te gustase lo suficiente para querer tomar un poco, pero, si no te gusta, no tienes que tomártela”.

Y quien dice la sopa, dice la lectura, dice la cultura, la belleza, el arte o las matemáticas. Una lección de pedagogía encerrada en un diálogo.

“¿Qué te gustaría conocer?
-Seguramente no sería un país, una ciudad ni un pueblo. Tampoco sería una casa. Yo prefiero conocer a personas. Se parece mucho a conocer un lugar, solo que, en vez de calles o edificios, o de otros puntos destacados, aprendes el significado de sus gestos, qué tono tiene su voz cuando están contentos, si les gusta cantar o si prefieren solo escuchar…”

Una (pequeña) lección de pedagogía

In a mano alzada, de escuela, opiniones, personal on noviembre 26, 2019 at 4:15 pm

El trabajo en una Biblioteca Escolar tiene momentos inolvidables que iluminan no solo el trabajo sino la vida de cualquier docente. Hoy en la sala de silencio he podido disfrutar de una “lección de pedagogía”. Kuki, una profe y maestra ha invadido la sala mientras sus alumnos de Historia de Primero de Bachillerato leían en la sala contigua… Ha ido llamando a sus alumnos uno a uno para comentar los resultados de la primera evaluación. Nada que no haya visto o escuchado antes. Sin embargo, he tenido la oportunidad de ser testigo de cómo la “relación” con los alumnos, el análisis riguroso, la empatía, la hondura y la profesionalidad pueden dar luz y sentido al proceso de enseñanza aprendizaje… He sido testigo de una (pequeña gran) lección de pedagogía.

Lo escribo para no olvidarme. Lo escribo para aprender y para recordar lo aprendido.

He visto como una profesora de Historia… hacía todo esto:

Preguntar. (y ESCUCHAR). Dejar que los alumnos lleguen a sus propias conclusiones, que señalen sus errores y hagan una valoración de su esfuerzo. Ayudarles a hacerse conscientes de sus límites y, sobre todo, de sus posibilidades.

Analizar. Con rigor, con cariño, con ternura y vigor… Señalar los errores sin regodearse en ellos, destacar los aciertos con entusiasmo. Ser exigente y cariñosa al mismo tiempo. Pedirles rigor, claridad, buen comportamiento, implicación…

Animar. A cada uno en aquello que se intuye que flojea, a cada cual según su forma de ser… Sonriendo al huraño y poniéndose seria ante el superficial… Haciendo del momento de la evaluación un momento para aprender, para tomar fuerzas, para re-armarse.

Acompañar. En el (apasionante) proceso de aprender. Acompañar con delicadeza. Sugerir sin forzar (¿te ayudaría llevar un cuaderno? ¿y si usas un bolígrafo más fino para que la letra sea más clara?). Re-leer el trabajo realizado y ayudar a comprender lo vivido.

Acordar. Arrancar compromisos, provocarlos de forma natural, dejar que sean ellos los que se marquen objetivos, sean ambiciosos y se hagan propuestas y propósitos de mejora.

Proyectar. Lanzar hacia el futuro las (buenas) intenciones y los deseos de sus alumnos. Proponer medidas, cambios… marcar el camino, servir de brújula, orientar.

y CONFIAR. Al final y a todos y a cada uno de sus alumnos -sean cuales sean sus resultados- la misma frase: “…confío en las personas, en su capacidad para mejorar, para progresar, para hacer mejor las cosas… CONFÍO EN TI, y estoy deseando ver hasta dónde puedes llegar…”.

Memoria Inesperada. De Víctor Juan

In ¿POR QUÉ LEER...?, de escuela, Estoy leyendo... on noviembre 2, 2019 at 3:23 pm

Una herencia inesperada se transformará en memoria, en homenaje, en recuerdo… en construcción de sentido.

Carmen Pardo, hija y nieta. Heredera y custodio de una historia familiar encerrada en una vieja caja de vino escondida -o preservada- en el doble fondo de un armario.

Un puñado de cartas, un diario, postales y viejas fotografías forman las piezas de un puzzle que tiene más de una solución, más de una mirada, más de una cara. Un ajuste de cuentas con el pasado apasionado y amoroso, honesto y militante, fiero y optimista. Todo esto y más es Memoria Inesperada.

La historia De Santiago Pardo, un maestro de la República depurado por el franquismo, iluminará el presente de su nieta, abrirá puertas cerradas, ofrecerá explicaciones y dará esperanza a un futuro confuso y a veces tan gris como el pasado colectivo de aquellos años de silencio.

Con la ayuda de un profesor, un maestro con el mismo nombre de aquel otro que abrió los ojos a un joven Federico, con la ayuda y guía de un maestro pues… Carmen aprenderá sobre el pasado y sobre el presente y sobre la extraña luz que proyectan las sombras de los que antes que nosotros creyeron…

Como buen libro de memoria(s) la novela de Víctor Juan es un mosaico, un batiburrillo, una tienda de ultramarinos de siglos pasados, un cajón de sastre, una caja llena de recuerdos, recortes y promesas.

Hay en ella declaraciones de amor (a la vida, al mismísimo amor, a la ciudad, a la educación), de intenciones (de ganas de cambiar el mundo, de nostalgia de transformaciones que no llegaron, de resiliencia, de resistencia), declaraciones honestas y honradas, directas, inevitables… como el amor a una ciudad pequeña (o grande, según se mire, o desde dónde): “En Zaragoza se hizo militante de la vida. En esta vieja ciudad aprendió algunas de las cosas que daban sentido a su existencia. La amistad, el sentimiento de pertenencia a un paisaje, la luz de los amaneceres de sus primeras noches en vela, los bares, las bibliotecas, los parques, los restaurantes, los cines, los rincones de los primeros besos, el camino a la universidad, las calles por las que se manifestó por mil causas perdidas, la soledad de los paseos, el cierzo inclemente que muerde en las esquinas, el sol abrasador de los veranos…Zaragoza era su memoria, su horizonte y su condena”. La “cartografía personal” de la protagonista (y del autor, creo) que nos transporta a una GEOGRAFÍA de los AFECTOS en la que por momentos se transforma la novela. Un paisaje poblado de (buenos) vinos, y de cervezas, y de té de frutos rojos, y de pastel de jengibre de ElBotanico, y de bares… y de amigos.

Los amigos del presente y del pasado. Los que habitan la memoria de un pueblo y sobre todo nuestra memoria, la personal e intransferible.

Los amigos de hoy: Antón Castro, Pepe Melero, Víctor Juan, Miguel Mena, Rodolfo Notivol… Y los de ayer: Ramón Acín, Bartolomé Cossío, Jose Antonio Labordeta, Silvio Rodríguez, León Felipe, Pilar Escribano, Palmira Plá, María Sánchez Arbós… Y con ellos… el amor, la ética, la dignidad, la MEMORIA (siempre), la amistad… todo envuelto en PALABRAS. Palabras que unen y salvan… “las palabras que nos protegen, que nos acunan, las palabras en las que nos abandonamos, las palabras reparadoras…”. Y más aún que palabras -hechos, palabras que son hechos-: Deseos cumplidos, ilusiones vividas, apuestas aceptadas (perdidas o ganadas).

Apuesta como la que nos reta en la novela. Revisar el pasado sin rencores, sin revancha, sin miradas cortas y envenenadas. Pero con justicia, con dignidad, con arrojo y claridad, con la mirada limpia del que elige la VIDA pero respeta la MEMORIA. Como Fernando Ríos, profesor del pasado y siempre aprendiz del presente, del amor… “Fernando prefería vivir a recordar (…) aunque ya podía imaginarla, prefería mirarla, del mismo modo que prefería besarla a la memoria de sus besos…”.

Porque en la historia paralela, historia espejo, historia reflejo, en la historia de Fernando y Carmen caben todas las reflexiones, todas las emociones, todas las reparaciones que nuestro pasado reciente nos solicita.

Porque hay que ser valiente para mirar hacia atrás y asumir la pérdida: de los seres queridos y de las ilusiones, de lo que pudo haber sido y de lo que se truncó por el odio y la mediocridad, de lo que fueron promesas y de lo que nos quedó por vivir. Asumir la pérdida sin renunciar a su legado, a su herencia, a su memoria. Porque hay que ser valiente para “vaciar una casa ajena” (y mucho más la propia)… “Hurgar en los cajones de otro, en las estanterías, revisar los papeles, contemplar algunas fotografías, invadir el territorio que le pertenece a otra persona nos puede llevar a descubrir algo que no deberíamos saber o que simplemente no podemos entender…”.

Un apunte final, uno muy personal.

Hacer protagonista a un maestro -da igual que dé clases en la universidad, nadie es perfecto- nos regala una imagen diferente, real, envuelta en la pasión, la ilusión y los envites de la vida que son, al cabo, la materia de la literatura. No podía ser de otro modo en una novela de maestros. Porque este es el género literario de Memoria Inesperada… una “novela de maestros”.

Y además… Memoria Inesperada es un inesperado regalo. El regalo de la MEMORIA DIGNA de los silenciados, el regalo de una mirada restauradora del pasado y apasionada del presente.

Un libro que encierra más que una enseñanza… una intención, una promesa, un compromiso y un sueño. El que firma el 13 de enero del 33 Santiago Pardo. El que firma Víctor Juan con esta novela y el que firmó yo mismo con su lectura: “Trabajar por la educación en Aragón. Formar ciudadanos en este tiempo nuevo. Esta es la gran responsabilidad que gozosamente asumo”.

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