
Desde hace algún tiempo un par de fenómenos en la LIJ me rondan en la cabeza, en la práctica en el aula y en la reflexión teórica.
Por un lado, la vuelta de la discusión terminológica. He observado -mucho más en redes que en el ámbito académico, ciertamente- un renovado interés por delimitar, definir, explicar y reflexionar acerca del significado y alcance de términos como “Middle grade”, “Young Adult” o el más reciente “New Adult”. Todos ellos procedentes de la cultura anglosajona pero ampliamente implantados en nuestra literatura.
La literatura juvenil siempre se ha resistido a una definición canónica que limitara su naturaleza fronteriza, híbrida, mestiza e indómita (como el lector al que va dirigida o hace apropiación de la misma). Pese a los esfuerzos académicos y también del mundo editorial-comercial, resulta difícil un consenso en torno a qué es y qué no es literatura juvenil.
Entre el negacionismo de la propia categoría (solo reconociendo entidad a la literatura infantil) hasta la definición utilitarista y mercantilizada que pretende llegar al máximo número de lectores sin otra preocupación que engrosar números y cuentas (que no cuentos) de resultados… aparecen posturas intermedias que muchas veces mezclan la experiencia personal como lectores con el intento de categorizar una literatura que se resiste a las etiquetas.
La clasificación por edades de la LIJ es sin duda, ante todo, una herramienta comercial (y logística) del mundo del libro y que cualquiera que se acerque a la tarea de la mediación reconoce como un instrumento limitado que permite una primera aproximación a la adecuación de los textos a los lectores pero poco más. Todos sabemos que un álbum infantil puede ser una lectura rica y profunda para el lector adolescente y adulto y que algunas novelas “adultas” encuentran en los lectores adolescentes sus mejores y más ideales receptores. Lee el resto de esta entrada »










