¿Tiene cabida la mitología clásica en la sociedad actual? Por Mencía Gutiérrez
“La más grande de las aventuras es la búsqueda de la verdad”
Aristóteles (322 A.C)
La mitología griega conforma un espacio idealizado, lejano y apartado en el imaginario colectivo. Historias exageradas de poderosos e iracundos dioses, valientes héroes y hechizantes musas. Criaturas innatamente bondadosas o malignas que habitan el Olimpo o el inframundo (gobernado por Hades). Castigos horripilantes, lecciones morales, infinitos personajes, amores prohibidos y situaciones absurdas. Y de repente, la mitología nos parece tan lejana que perdemos el interés por la historia de nuestra propia existencia. (Del griego mythos que es «la historia del pueblo», y logos que es «palabra» o «discurso»: «la historia hablada de un pueblo»).
En una sociedad acelerada, parece que preguntas como: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ya no tienen cabida. Ahora en cambio nos hacemos preguntas utilitaristas como: ¿En qué gasto mi dinero?
Este ensayo toma como punto de partida el libro de Andrea Marcolongo: La medida de los héroes, un viaje iniciático a través de la mitología griega. Tomando como referencia alguno de los ejemplos de esta obra, en el desarrollo, se expondrán los argumentos que sostienen y comparan el pensamiento griego mediante alegorías de mitos clásicos aplicados a casos actuales. Para concluir, se responderá a la pregunta que da título a este ensayo: ¿cabe la mitología clásica en la sociedad actual?
La búsqueda de la verdad
Jasón, el joven e inexperto hijo del rey Yolcos de Tesalia, se embarcó en la nave “Argo” junto a cincuenta hombres en busca del vellocino de oro. Lo que los Argonautas no sabían era que la meta final, disfrazada de piel de cordero mágico, era la de encontrar la verdad, su verdad. Los hombres que se embarcaron en la gran nave eran diferentes a los que volvieron. Más viejos y magullados, pero con una visión distinta de lo que es la vida. En cierta ocasión, tras pasar unos días en una isla, zarparon sin tres compañeros.Cuando se dieron cuenta era demasiado tarde, era imposible dar marcha atrás.
«De repente los argonautas se dieron cuenta de que, con las prisas, habían olvidado en Tierra a sus compañeros.”
El recuerdo es el arte del alma, y también, del corazón. El sentido originario de la palabra memoria se halla en la raíz “-me”, de ahí mente. Decimos “tener en mente”.
Para los griegos antiguos, la sede de la mente era el alma, llamada en latín “ánima”, la misma palabra utilizada en griego para decir “viento”. Era su soplo el que encendía el intelecto, la psique. La memoria, pues, se conserva en la mente, pero los recuerdos lo hacen en el corazón. Se podría decir que ahora tenemos más memoria que nunca. Felicitamos a todos nuestros conocidos, realizamos varias actividades a la vez, prodigamos buenos propósitos, aconsejamos a nuestros amigos, y por la noche, nos olvidamos de todo y de todos, en especial de nosotros mismos. Nos hemos vuelto maestros en el arte de olvidar, de relegar fuera del corazón.
Una frase popular que ronda hoy los artículos con hashtag “#body positive” es la de: “mi cuerpo es un templo”. Los antiguos griegos habrían retuiteado: “mi mente es un templo, mi cuerpo la carcasa”. Los estoicos opinaban que la mente era junto al alma, mucho más poderosa que nuestro cuerpo. Afirmaban que era importante cuidarlo para que armonizase con nuestra razón. Esto es solo un reflejo de las prioridades que rigen nuestro mundo hoy. La política de la exposición a los demás dicta que eres lo que proyectas de ti lo que los demás ven. Es imposible verse desde los ojos de otra persona, pero sí podemos vernos desde dentro. El problema de la introspección es que a menudo es un viaje que da miedo emprender ¿Arriesgarías tu tranquilidad y estabilidad por una mirada hacia lo más profundo de tí mismo? ¿Qué pasa si no te gusta lo que ves? ¿Qué pasa si no sabes cambiarlo? En un mundo donde se le da un enorme peso a cada pequeña elección, elegir zarpar en nuestra nave, que es nuestro cuerpo, capitaneado por nuestra mente y alma, en busca de la verdad, nos hace un poco más héroes.
¿Qué hacer con la libertad?
La voluntad de ser libres constituye el motor de cualquier historia, desde la Historia (con mayúsculas), hasta la más pequeña, la historia personal de cada ser humano. En su nombre se han organizado protestas, rebeliones, guerras y revoluciones capaces de cambiar las fronteras. Para lograrla, muchas veces, los humanos han dejado de ser uno para ser “uno de”. Aquella frase que dice “juntos somos más fuertes” viene a decir que somos libres junto a alguien o algo más grande que nosotros mismos. La soledad, en cambio, es la vía hacia la pequeñez y la esclavitud.
En la mitología griega, la diosa de la libertad se llama Eleuteria (Libertas para los romanos). Aunque los griegos fueron los precursores de la democracia, no hay demasiada información sobre esta deidad. No se conocen mitos relacionados ni interacciones con otros dioses. La situación de la diosa Libertas es completamente diferente. Hoy se pueden encontrar monumentos mundialmente conocidos como la Estatua de la Libertad que ampara la ciudad de Nueva York. Es posible que esto se deba al concepto del mito de Némesis. Basta con leer cualquier texto, tragedia o comedia griegos, o levantar la mirada hacia la Acrópolis de Atenas: todo era tan majestuoso, tan heroico; pero los griegos no llevaron nada al extremo, más allá del límite previsto por némesis. Y por consiguiente, nada estaba prohibido, desde el amor hasta lo sagrado, desde la lógica hasta la sutil sabiduría.
Némesis sancionaba la desmesura y no dejaba que los hombres fueran demasiado afortunados. Su intención es resguardar el equilibrio universal. Puede parecer que vivimos en una parte del mundo que goza de muchas libertades. Y sin embargo, nos hemos dejado arrebatar o no nos preocupamos por aquellos derechos por los que nuestros antepasados lucharon con sus vidas. Nos encontramos sin deberes, y por tanto, esclavos de algo, cada uno a su manera. Sin hacernos preguntas ni cuestionarnos nuestros valores éticos y morales, aullamos como humanos primitivos por defender “nuestra tradiciones”, aferrándonos a aquello que se ha hecho toda la vida sin preguntarnos si está bien. Los griegos intentaron siempre protegerse de la sensación de extravío general, producida por la desmesura y excentricidad por medio de la armonía.
Creemos que emprendiendo el camino en solitario, hacia nuestros sueños individuales y deseos inmediatos, seremos libres. Ante esto se plantea la paradoja de la soledad. En general, los griegos creían que la soledad podía ser tanto una bendición como una maldición, dependiendo de cómo la utilizara la persona. “Solo”, de la palabra latina “solus”, tiene siempre un valor doble. Podemos ser uno solo, únicos y especiales, pero también sentirnos excluidos, abandonados o sin nadie a nuestro alrededor. Algunos estudios de la lengua indican que deriva del pronombre personal reflexivo “se”: ser únicamente uno mismo. En un momento en el que rodeados de usuarios, amigos en línea y aprobaciones en forma de likes, nos sentimos más solos que nunca, y donde las libertades concedidas lejos de hacernos libres, nos hacen esclavos de muchas cosas, comprender el pensamiento griego nos haces más conscientes, y por tanto más libres.
Encontrar las palabras
Andrea Marcolongo se sincera en este libro contando que en los momentos más duros de su viaje por la vida, nada más comenzar a zarpar, una pérdida cercana le hizo perder las palabras. Llegó a tatuarse en la muñeca la frase: “sin palabras”. Una marca en la piel que decidió eliminar al publicar su primer libro, cuando por fin las encontró. Las palabras hacen que las cosas existan más fuerte. Si algo no tiene nombre, es porque no existe. Por tanto, si verbalizas un sentimiento o una acción, le estás dando la importancia de existir.
Los mitos son considerados por muchos la ciencia premoderna. Los antiguos griegos intentaban dar explicaciones lógicas y antropomórficas a fenómenos naturales. El mito del Eco cuenta la historia de una ninfa de las montañas. Eco tenía un encanto hechizante mediante el que sedujo a Zeus con el don de la palabra. Hera, tras enterarse de las interminables conversaciones entre la ninfa y su marido, maldijo a Eco haciendo que solo pudiera repetir las últimas palabras que la otra persona acababa de decir. Después de ser maldecida, Eco se encontró con un joven llamado Narciso, con el que quiso hablar pero no pudo. El joven, que había ido a cazar con sus compañeros, tras haberlos perdido de vista gritó: “¿Hay alguien ahí?”, a lo que Eco respondió repitiendo sus palabras. Narciso, extrañado y confuso, rechazó a Eco y la ninfa, desesperada, murió dejando sólo su voz atrás. A partir de entonces, en las montañas, se oye a Eco repetir nuestras palabras.
Como pensaba Platón, las palabras tienen el poder de crear, de conformar la realidad. Palabras reales que tienen efectos reales. La ausencia de palabras, es por consiguiente, ausencia de realidad. Además, entran en juego las palabras vacías, que no significan nada pero que llenan nuestras frases. Palabras raras como etéreo, resiliencia, melifluo o ataraxia se excluyen y por tanto se olvidan de nuestro rico vocabulario. ¿Cuántas veces pensamos lo que decimos o decimos lo que pensamos? ¿Hablamos de manera automática, repitiendo lo que otros dicen, diciendo lo que otros quieren oír?
Ante este fenómeno llega al rescate la etimología.
El adjetivo griego “étymos”significa verdadero, real. Y de él nace la palabra etimología, acuñada por los filósofos estoicos para definir la práctica de conocer el mundo por medio del origen de las palabras que usamos. Cada vez que abrimos la boca, nos enfrentamos a una elección de cien mil palabras que componen el idioma español. Podemos elegir consciente o inconscientemente lo que decimos conociendo las raíces etimológicas. Un ejemplo muy representativo es el de la bella palabra “discernir”. Deriva del verbo latino discernere, que a su vez procede del verbo cernere, que da nombre a la minuciosa actividad de separar la harina del salvado. Aunque luego pasó a significar la todavía más delicada de tamizar nuestros pensamientos, sobre todo los más pequeños, a los que no sabemos poner nombre, que como la fina harina, se cuelan en nuestra mente a menudo indetectables.
Todo tiene un sentido porque los humanos se lo hemos dado. Por tanto, conocer la belleza de nuestro lenguaje es la mejor manera de hacer un uso positivo y responsable de él. Respetando el origen y escribiendo nuevas páginas en el diccionario, siempre, con cabeza.
Conclusión
Respondiendo a la pregunta que da nombre a este ensayo, creo que la mitología (no sólo griega, sino también de otras muchas culturas) tiene cabida hoy más que nunca. Para que no olvidemos de donde venimos y hacia dónde queremos ir. Como la Biblia, la mitología no es un libro de ciencia exacta, pero sí una recopilación de analogías y metáforas que pueden dar sentido a lo que hacemos y lo que decimos. No somos tan diferentes a los antiguos griegos que vivieron nueve siglos antes de Cristo. En el fondo nos preocupan las mismas cosas, tenemos los mismos instintos y reacciones que nos caracterizan como humanos. La diferencia es que ahora hay mil distracciones que nos pueden desviar de nuestra ruta.
Debemos elegir bien a los Argonautas que nos acompañan durante el viaje. Discernir cuidadosamente entre las islas en las que descansamos para recopilar fuerzas. Visualizar nuestra meta real, que en el fondo es, el viaje en sí mismo. Después de todo, nuestro final es el mismo, y ya está escrito. Lo que podemos decidir es como navegar por el océano de la vida. Todos podemos ser los héroes de nuestra propia historia.
«La vida es una lucha entre el valor que se tiene y las posibilidades que se tienen.» __Aristóteles