Pepe Trivez

En el funeral de un maestro

In de escuela on diciembre 11, 2012 at 8:31 pm

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Su voz rota, su aspecto de boxeador amateur y sus formas llanas y bruscas… asustaban a un niño de 10 años. Bajo la bata y los gritos en el patio… siempre una sonrisa. Bajo el aspecto duro, serio, fuerte… ternura por arrobas.

Manolo González. Don Manuel, fue mi maestro.

Era el tutor de 5º A y mi profe de gimnasia (entonces se llamaba así; yo sigo haciéndolo para hacer rabiar a mis compañeros de E.F.). Yo era un niño listo pero medroso. Lector, torpe, débil y sensible. El potro y el pinton eran para mí máquinas de tortura sofisticada y el colegio un lugar tan hostil como atrayente.

Manolo era amigo de mis padres. Aún así daba miedo. Mi primer fracaso (la voltereta) le hizo grande para siempre a mis ojos: -Vamos Trivez, que no pasa nada. Esto no es lo suyo. Ya encontrará algo que se le dé bien…

Lo encontré: estudié letras. Me hice profesor. Manolo se sintió tan orgulloso como si hubiera sido su propio hijo. Desde ese momento, y cada cierto tiempo, me llamó para preguntarme cómo me iba en esto de la educación. Nunca me dio consejos pero siempre escuchó mis quejas. Nunca criticó a nadie pero siempre me habló de otra manera de hacer las cosas. Nunca quiso enseñarme nada pero siempre fue mi maestro.

De Manolo aprendí muchas cosas.

  • Que lo primero son los niños. Nunca, jamás. Nunca le oí hablar mal de un alumno. Ninguno le pareció nunca “corto”, “inoportuno”, “incapaz”, “incorrecto”. Sentía los éxitos de sus alumnos como propios y los fracasos como parte del proceso. De él aprendí que no hay “alumno malo”. Sólo que aún no has encontrado la forma de llegar a él.
  • Que la educación es pasión. Que esta profesión te devuelve lo que pones multiplicado. Que el órgano más importante para un maestro no es el cerebro sino el corazón. Que no es mejor profe el que más sabe sino el que más pasión despierta en sus alumnos.
  • Que la presencia es la mejor forma de educar. Que con los niños, con los adolescentes, hay que estar. Que sobre todo hay que estar. Lo recuerdo bien -lo recuerdan todos- paseando por la Rotonda entre los críos, gritando a unos, animando a otros, revolviendo el pelo a éste o aquél, pegando una patada a un balón perdido… Bata blanca y gesto serio a veces. Paseando en círculos, siempre con un compañero a su lado. Eso también lo aprendí de él:
  • Que este trabajo es un juego de equipo. Que por separado no somos gran cosa, que a lo mejor no tenemos carisma, que no somos los más listos ni los más innovadores… pero que juntos somos capaces de cambiar las cosas, de transformar una (muchas) generación de jóvenes timoratos y torpes en los hombres y mujeres del mañana, profesionales con ganas de cambiar las cosas y hacerlo bien. Que el trabajo educativo sólo tiene fuerza si vamos a una. Si bajo la diversidad necesaria se percibe la unidad del criterio compartido, de la finalidad deseada.

Ya jubilado, cada vez que un chaval que él conocía (por sus muchos amigos o por su trabajo en la Asociación) caía en mi centro -cosa que ocurría bastante a menudo en esta ciudad donde todos nos conocemos- recibía una llamada suya. Siempre era lo mismo. No pedía nada. Sólo que estuviera encima, sólo que estuviera pendiente. Se fíaba de mí.

Un aprendizaje más: un maestro, uno de verdad, necesita de la confianza de padres, alumnos, compañeros… La confianza y la libertad para actuar guiado por el instinto y por la legítima preocupación.

Y el último: Manolo me enseñó a amar y respetar esta profesión. El oficio de maestro es el más digno, el más noble, el más hermoso y el más apasionante. En el hospital, en las últimas semanas hablamos de pedagogía y equipos directivos, nos quejamos de las leyes y me preguntó por algunos de mis alumnos a los que conocía. Riendo a risotadas, agarrando la mano de Lucía y con la mirada iluminada de quien ha amado tanto…

Uno es maestro siempre.

  1. Triste perder a un maestro. Lo siento…
    En ese emotivo y estupendo retrato que has hecho de él, te has descrito a ti mismo. Seguro que estaría/estará orgulloso. Al final, todos encontramos algo que se nos da bien.
    Por cierto, que me alegra eso de ser una vieja-joven amiga, maestro.

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